Un nuevo estudio cree haber descifrado cómo anticipaban eclipses usando un calendario lunar de 405 meses y ciclos que corregían errores durante generaciones

La famosa tabla de eclipses del códice siempre fue uno de los grandes enigmas de la astronomía mesoamericana. Un equipo de la State University of New York propone ahora que su precisión se basaba en ciclos lunares superpuestos capaces de corregir desviaciones y mantener el calendario alineado durante siglos
Por Martín Nicolás Parolari (es.gizmodo.com). – El Códice de Dresde siempre fue un enigma. Este manuscrito precolombino, elaborado en papel de corteza de higuera, sobrevivió al fuego, la colonización y el tiempo, pero su verdadero significado seguía incompleto. Ahora, un nuevo estudio de la State University of New York afirma haber descifrado su estructura matemática: una lógica astronómica tan precisa que permitía a los mayas predecir eclipses con más de mil años de antelación.
El Códice de Dresde es el registro más conocido de la astronomía maya. Conserva complejas tablas dedicadas al movimiento de la Luna, el Sol y Venus. Pero su tabla de eclipses, que abarca 405 meses lunares, siempre había desconcertado a los expertos. ¿Cómo lograban los antiguos astrónomos mantener su exactitud a lo largo de décadas sin telescopios ni relojes modernos?
Los investigadores John Justeson y Justin Lowry se propusieron responder a esa pregunta. En su análisis, publicado en Science Advances, sostienen que los guardianes del tiempo mayas no iniciaban una nueva tabla al finalizar la anterior —como se creía, sino que superponían los cálculos. Reiniciaban los ciclos en intervalos de 223 o 358 meses, equivalentes a los períodos naturales de repetición de los eclipses solares y lunares.
Ese mecanismo de “tablas superpuestas” eliminaba los errores acumulativos y permitía conservar la precisión del sistema durante siglos. En otras palabras: los mayas no solo observaban el cielo, lo entendían como una maquinaria cíclica, y habían aprendido a calibrarla.

Matemáticas sagradas
El calendario maya combinaba dos sistemas: uno solar, de 365 días, destinado a las actividades agrícolas, y otro sagrado, de 260 días, usado para rituales y profecías. Según Justeson y Lowry, la tabla de eclipses de 405 meses servía como un punto de sincronía entre ambos.
Su razonamiento fue simple pero revelador: si 49 meses lunares equivalen a 1.447 días, entonces 405 meses constituyen el primer múltiplo que encaja con el ciclo adivinatorio de 260 días. Esa coincidencia no era casual: el Códice, explican los autores, unía el tiempo sagrado y el tiempo astronómico en un mismo marco de observación.
“La tabla de eclipses parece haber sido una revisión adaptada de una tabla menos compleja”, escriben los investigadores. “Lo que descubrimos es un método que demuestra una comprensión matemática y empírica del cielo que rivaliza con las primeras tradiciones astronómicas de Eurasia.”
El testimonio de una civilización que miraba el cosmos
El Códice de Dresde sobrevivió por azar: fue llevado a Europa tras la conquista y terminó en la biblioteca de la ciudad alemana que le dio su nombre. Su conservación permitió rastrear una de las tradiciones científicas más antiguas del continente americano.
Hoy sabemos que los mayas no solo midieron el tiempo: también lo pensaron. Comprendieron que los eclipses no eran señales divinas, sino fenómenos periódicos. Y que, al igual que el movimiento de los planetas, la historia podía leerse en ciclos.
Este gran hallazgo de Justeson y Lowry no solo aclara un misterio matemático. Rescata una idea más profunda: que en el corazón del pensamiento maya latía la misma ambición que impulsó a las grandes civilizaciones del mundo —descifrar el orden oculto del universo.
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