Yucatan

“¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?”-Homilía-

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Homilía 

Solemnidad de nuestra señora de Guadalupe, Patrona de América

Ciclo C  Is 7, 10-14 / Eclo 24, 23-31; Gal 4, 4-7 (de Adviento Flp 4, 4-7) ; Lc 1, 39-48.

“¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?”

            In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e k’iimbesik u noj k’iinil Xki’ichpan Ko’olebil Guadalupe. U óoxp’éel domingo Adviento ku t’anko’on ka’ ki’imakchak óol tumen táan páajtik Ki’ichkelem Yuum, chéen ba’ale’ mexicanos ku ki’imaktal óolo’on meen u Na’tsil le jach u jajil kili’ich Yuum, tu yo’olal kuxa’ano’on taalé u tial u p’aatal ichilo’on yéetel tu láakal le utsil puksi’ik’alo’bo’ yeetel óotsililo’ob. Tu k’ab yano’on, béeytal k’ubik tu láakal tuukul yaan to’one’. Ko’ox beetik beey leti’e, ko’one’ex yaabiltik tu láakal óotsililo’ob waaylo yóokol kaabe’

            Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este domingo, en el que celebramos la solemnidad de Nuestra Señora de Guadalupe, mientras que en el resto del mundo celebran el tercer domingo del Tiempo de Adviento.

            Hoy se enciende la tercera vela, la vela color de rosa, de la corona de Adviento, en el domingo llamado “Gaudete”, que significa “alégrense”. Los mexicanos hoy añadimos a la alegría de estar en la espera de la Navidad, la feliz coincidencia en este día con la fiesta Guadalupana. La vela color de rosa hoy nos recuerda las rosas del milagro del Tepeyac, pero especialmente a la Rosa por excelencia que es nuestra “Madre del verdadero Dios por quien se vive”

            El texto de la Carta a los Filipenses que hoy se puede proclamar en la segunda lectura, y que corresponde al tercer domingo de Adviento, nos trae el llamado que san Pablo hacía a aquellos cristianos, mismo que hoy nos hace a nosotros para alegrarnos siempre en el Señor. Él redobla el llamado diciendo: “Se lo repito: ¡alégrense!” (Flp 4, 4). 

            En estos días próximos a la Navidad y en ésta misma, muchos pensarán y hasta proclamarán que tienen derecho a divertirse y a pasarla bien, pero este es un pensamiento peligroso si no ponemos las debidas barreras de contención a nuestro deseo de diversión, pues tenemos que cuidarnos a nosotros mismos y cuidar a los demás, guardando el debido respeto. La verdadera alegría de la fe en el Señor no nos debe faltar, poniéndolo a él en el centro de nuestra fiesta, junto a María y al señor san José.

            Aunque nuestra angustia por la pandemia ha disminuido mucho, aún hoy celebramos esta fiesta todavía con algunas restricciones, como la de dar acceso a los templos sólo al 75% del aforo total, portar el cubrebocas, el uso de gel antibacterial, etc. Aún así, estamos mejor que el año pasado. Hoy el Papa Francisco no celebra la misa de Guadalupe en el Vaticano, pero lo hace por respetar la liturgia del tercer domingo de Adviento. En cambio, en la Plaza de San Pedro se rezará un Rosario Guadalupano, previo al rezo del Ángelus.

            El pasado domingo 21 de noviembre inauguramos con una Eucaristía, celebrada en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe en el Tepeyac, la Primera Asamblea Eclesial de Latinoamérica y El Caribe. Posteriormente la concluimos con otra Eucaristía en la misma Basílica. Además, la asamblea se llevó a cabo en la casa de los Obispos de México, en Cuautitlán Izcalli, la tierra de san Juan Diego. 

            Todo esto tiene una gran trascendencia, pues el tema no se trató entre obispos nada más, sino que, al ser eclesial, se escuchó la voz de sacerdotes, religiosas, religiosos, diáconos, así como de una gran parte de laicos, es decir, de bautizados que llevan una vida ordinaria. 

            Previo a la asamblea, se pudo escuchar en diversos momentos a un total de 70,000 personas, y durante la misma, participamos presencialmente unas 100 personas, mientras que otras 900 participaron virtualmente, a través de los grupos de trabajo, incluyendo a algunos pastores de otras iglesias y la participación de al menos un judío ortodoxo. Hubo varios Cardenales de cada uno de los continentes y presencia de miembros de la Iglesia de los Estados Unidos y Canadá. Mucha gente más, que no estuvo en los grupos, siguió la asamblea en diversos momentos.

            Bajo la guía del Papa Francisco, la Iglesia en el mundo, en Latinoamérica y en México quiere fortalecer el sentido de la sinodalidad, caminando todos juntos hacia un mismo rumbo, sin descuidar a nadie. Para este caminar juntos es necesario escuchar a todos. La Virgen del Tepeyac es un verdadero modelo de Iglesia Madre, que sale al encuentro de sus hijos, los más pequeños y sencillos, para escucharlos, y que se quedó a vivir con nosotros para caminar a lo largo de nuestra historia con todos sus devotos, incluso aún con los no devotos.

            Ella en el Tepeyac, salió al encuentro de san Juan Diego en varias ocasiones, visitando también la casa de su tío Juan Bernardino, en Cuautitlán, la casa de un pobre, para devolverle la salud. Desde aquel 1531, los diversos pueblos de México y luego de América, se fueron abriendo voluntariamente a la fe, encontrando una indudable conexión entre sus creencias y la plenitud de la fe en Cristo. 

            Si la espada de los conquistadores trajo esclavitud y maltratos, la nueva fe dio sentido a un nuevo pueblo para abrazar el cristianismo con vigor, produciendo pronto grandes santos y mártires como san Juan Diego, los pequeños indígenas san Antonio, san Juan y san Cristóbal; así como el criollo san Felipe de Jesús.

            Y nosotros, ¿salimos al encuentro del pobre? Cualquiera puede honrar a María y rezarle, pero no cualquiera la sabe imitar yendo al encuentro del más necesitado. Cada uno de ustedes hermanos, aun siendo laicos, están llamados, como lo estamos los ordenados y los consagrados, a salir al encuentro de los pobres; no sólo para darles algo, sino también para aprender de las grandes lecciones que ellos nos pueden enseñar.

            De los más pobres aprendemos la confianza total en la Divina Providencia, de la cual ellos suelen vivir, como dio ejemplo aquella pobre viuda del Evangelio que echaba en la alcancía del templo dos moneditas de muy poco valor. Nadie se fijó en ella, nadie le dio importancia, sino sólo Jesús, afirmando a sus discípulos que ella había dado más que todos, pues entregó todo lo que tenía para vivir (cfr. Lc 21, 1-4). 

            Miremos también nosotros a los pobres y necesitados de este mundo, con los ojos de Jesús, con los ojos de la Guadalupana: seamos la mirada maternal de Dios, de María y de la Iglesia.  

            En este día, sigamos orando por el eterno descanso de los más de 50 hermanos migrantes centroamericanos que murieron en el terrible accidente del pasado jueves 9 de diciembre, en la carretera Chiapa de Corzo-Tuxtla, así como por la recuperación de los 105 heridos, pidiendo además por el consuelo de todos los que sufren esa tragedia.

            Que tengan todos una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo! y ¡que viva la Virgen de Guadalupe!

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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