Yucatan

“Me levantaré, volveré a mi padre”- Homilía

catedral de Mérida2

Homilía 

IV Domingo de Cuaresma

“LAETARE

Ciclo C Jos 5, 9. 10-12; 2 Cor 5, 17-21; Lc 15, 1-3. 11-32.

“Me levantaré, volveré a mi padre” (Lc 15, 18).

In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Te kanp’eel domingo ti’ le Cuaresma, ku yaalikto’on u ti’al «ki’imaktal óolal» tumen Ku t’aaniko’on utial ki’imaktal tiolal u misericordia Taata Dios, má chen utiolal to’on, waa má tak le «hijos pródigos» tumen ti’ le k’iino’oba’ táan u suuto’ob u yiicho’ob ti’ Ki’ichkelem Yuum. Te’ k’áano’j yaan ya’ab ki’imak óolal yo’olaj juntúul máak ku k’eeshich u kuxtal ti Yuumtsil.

Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre en este cuarto domingo del tiempo de Cuaresma, domingo llamado “Laetare”, que significa “alégrate”, el cual nos viene a recordar que, por más austeridad y sacrificios que se hagan durante este tiempo, nuestro espíritu debe permanecer alegre, pues nos preparamos a la gran fiesta de la Pascua, que se va acercando.

Tal como lo anunciamos, este pasado viernes 25 de marzo, en la solemnidad del Encarnación del Verbo de Dios, el Papa Francisco realizó la dedicación de Rusia y de Ucrania al Inmaculado Corazón de María. Todos estamos deseosos de que vuelva la paz y que dejen de sufrir nuestros hermanos en Ucrania, ya que al momento hay muchos muertos y heridos, otros tantos que han quedado sin hogar y teniendo que huir a los países vecinos. 

La guerra significa mucho dolor, grandes pérdidas materiales, pero, sobre todo, numerosas pérdidas de vidas humanas. También del lado de Rusia ha habido pérdida de vidas y múltiples daños morales. De igual manera esto origina crisis económicas en todo el mundo y, sobre todo, el temor de que se desate una tercera guerra mundial.

Aquí en Yucatán, al igual que en todas las diócesis del mundo, los obispos y todos los sacerdotes con nuestros fieles, nos hemos unido con el Santo Padre, el Papa, en su oración de consagración de estas naciones al Inmaculado Corazón de María. 

La Cuaresma es un tiempo de conversión al Señor y el llamado es para todos, tanto para el presidente de Rusia, así como para todos los que ejercen violencia en el mundo. La guerra y todas las violencias vienen del maligno, mientras que la paz viene de Dios. Donde hay paz, ahí está el Señor. 

El santo evangelio de hoy, según san Lucas, nos cuenta la historia de dos jóvenes hermanos y de su padre. Se trata de la parábola del “Hijo Pródigo”, que es considerada por muchos como la página más bella de la Sagrada Escritura, e incluso algunos la llaman la página más bella de toda la literatura universal. 

El contexto en el que contó Jesús esta narración fue la crítica que le hacían los fariseos y escribas porque lo veían convivir y comer con los pecadores. En realidad hubieron otras dos parábolas sobre la misericordia de Dios, previas en este mismo pasaje, siendo la tercera la del “Hijo Pródigo”.

Esta parábola es muy apropiada para para escucharla y reflexionarla en este tiempo de Cuaresma, porque si somos ahora llamados a la conversión, nuestra respuesta a este llamado es a partir de la confianza de encontrarnos con un Dios misericordioso. Jesús trata a Dios como a su Padre, y ésta será una de las acusaciones que lo llevarán a la muerte. 

Además también nos reveló que Dios es nuestro Padre, enseñándonos a llamarlo así, en la oración del “Padre nuestro”. Es cierto que hay muchos padres desnaturalizados y otros que están aún muy lejos de reflejar el amor del Padre Celestial, sin embargo el amor de los buenos padres por sus hijos es el mejor reflejo del amor de nuestro buen Padre Dios aquí en la tierra.

Dios nos creó libres, y ese es el mayor regalo que nos dio, pues ser buenos a la fuerza no tendría ningún mérito, ni es propio de una persona. La libertad nos define como seres humanos, en cambio, la privación de la libertad es el mayor castigo, el mayor atentado contra la dignidad humana, como en el caso del secuestro. 

A petición del hijo menor, el padre de esta parábola distribuye la herencia entre sus hijos; luego el menor se va de la casa a malgastar su fortuna, sin que el padre lo detenga. Cada uno de nosotros con la gran herencia de nuestra vida, la salud, la inteligencia y todas nuestras cualidades, todo eso recibido de Dios, podemos alejarnos de Él negando su existencia o simplemente comportándonos como si no existiera. Ante esto, Dios respetará nuestra libertad como la más grande muestra de su amor.

El hijo menor malgasta su fortuna con mujeres y toda clase de vicios. Cuando pierde todo, no le queda otra cosa qué hacer más que aceptar el trabajo de cuidar cerdos. Es tan grave su situación que hasta tiene envidia de la comida de los puercos. Estando en esa situación, recapacita en la buena suerte que tienen los trabajadores de su padre y decide volver a él, reconociendo su pecado y sintiéndose indigno de ser considerado como hijo. 

Quien toca fondo en el pecado tiene cierta facilidad para reconocerse pecador, para quererse acercarse a Dios, y lo hará con sentimientos de indignidad. Al igual que el padre de la parábola, Dios no nos espera para castigarnos ni para rechazarnos; por el contrario contrario, nos espera con los brazos abiertos, pues como dice Jesús en otro versículo: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse” (Lc 15, 7). 

Es muy viva la descripción de la alegría del padre que Jesús menciona en la parábola: “Estaba todavía lejos, cuando su padre lo vio y se enterneció profundamente. Corrió hacia él, y echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos” (Lc 15, 20). ¡Imaginémonos cada uno de nosotros recibiendo semejantes caricias de nuestro Padre Dios! 

Luego de que el muchacho dio su humilde discurso confesando su pecado e indignidad de ser tratado como hijo de su padre, éste parece no escucharle, pues más bien se dirige a los criados diciendo: “¡Pronto! Traigan la túnica más rica y vístansela; pónganle un anillo en el dedo y sandalias en los pies; traigan el becerro gordo y mátenlo. Comamos y hagamos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado” (Lc 15, 22-24). 

Así como Dios vistió en el paraíso a Adán y Eva para cubrir la desnudez en la que los dejó su pecado, así nosotros después de arrepentirnos de los pecados cometidos, Dios manda a sus ángeles que nos vistan con su gracia; como el padre de la parábola mandó vestir a su hijo con la túnica más rica. 

También manda que nos pongan un anillo en el dedo, que significa nuestra dignidad de hijos; manda que nos pongan sandalias; las sandalias separan nuestros pies de la suciedad que existe en la tierra y nos fortalecen para andar.  Las sandalias puestas en los pies del hijo indican que la salvación nos separa del mundo y nos aparta para Dios, a fin de que sigamos su camino.

El hijo mayor de la parábola representa muy bien a los escribas y fariseos, que no viven entre vicios y pecados, pero que por sentirse perfectos y gozarse en su autocomplacencia, se creen con derecho a juzgar sin reconocerse hermanos de los demás. Lo peor del caso es que no disfrutan del bien, pues sólo evitan el mal; y no viven amando a Dios sino cumpliendo con el deber. 

Quien conoce el amor de Dios no busca recompensa alguna, pues ya la tiene junto a Él; tampoco se dedica a juzgar a los demás, pues sólo tiene ojos para Dios, a quien reconoce plasmado en la semejanza de cada uno de sus hijos, que a la vez son nuestros hermanos.

Vivamos día a día la experiencia del hijo pródigo, volviendo una y otra vez a los brazos amorosos de nuestro buen Padre Dios; entonces podremos entender lo que san Pablo dice en la segunda lectura de hoy, tomada de la Segunda Carta a los Corintios: “El que vive según Cristo es una creatura nueva; para él todo lo viejo ha pasado. Ya todo es nuevo” (2 Cor 5, 17).

Que tengan todos un buen inicio de mes y una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!   

+ Gustavo Rodríguez Vega

Arzobispo de Yucatán

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